El compromiso es una de las maneras que tenemos de enlazarnos, de vincularnos con las personas, pero también nos vinculamos, enlazamos con las ideas, los lugares, las actividades (tareas), las cosas.
Si pensamos en un desayuno buffet típico de un hotel, nos encontramos con que el cerdo está comprometido con el desayuno, porque literalmente da su vida para que podamos poner bacon o jamón en el plato. En el caso de traer hijos al mundo, la madre se compromete (pone en riesgo su vida en el embarazo y el parto). El padre no. Como mucho, se implica o se involucra.
La gallina está involucrada. Pone los huevos, le cuesta sacarlos, le duele, pero sigue viva y en pie. Participa, aporta, colabora, pero no se juega el todo.
Y la vaca, que está implicada, da leche para el desayuno. Y encima, se le alivia la presión en las ubres. El hecho de ir a trabajar puntual, tanto al comenzar como al terminar, es un ejemplo de implicación.
Si dejamos la metáfora del desayuno y describimos las tres maneras de enlazarnos, la implicación es hacer que alguien se vea enredado en un asunto. Es hacer que alguien o algo participe o se interese en un asunto. La involucración tiene que ver con complicar a alguien en el asunto. El compromiso es poner en riesgo a alguien en una acción. Tiene que ver con adjudicar a alguien una obligación o hacerlo responsable de algo.
Y ya que hemos empezado con la metáfora del desayuno, lo mismo ocurre cuando hablamos o nos referimos a la superación de obstáculos. La metáfora de superar obstáculos suele describir bastante bien lo que estamos sintiendo. Pero no describe adecuadamente lo que está ocurriendo.
Cuando sentimos la necesidad de superar un obstáculo, estarán ocurriendo dos cosas en la realidad:
- Puede haber una dificultad y/o problema con los que nos sentimos altamente desafiados, es decir, situaciones que requieren mucho esfuerzo, dedicación y nuevas formas de gestión para cambiarlas.
- Nuestra planificación no ha sido muy apropiada y estamos viviendo algún tipo de descoloque. Dicho descoloque puede ser debido a disrupciones repetitivas, alguna interrupción de cierta importancia o a algún revés (algo que no esperábamos para nada que ocurriese).
Ese obstáculo, tal y como lo sentimos es indicación de que nuestra planificación (consciente o inconsciente) no está siendo, para nada, certera.
¡No hay ningún obstáculo!
¡No hay que superar nada!
Etiquetar lo que ocurre como “hay que superar el obstáculo”, es añadir algo a la realidad que no existe y que se nos volverá en contra.
Plantearnos que hay que superar algo, nos desconecta a las personas de los recursos de los que disponemos. Esa idea de superar es parte de querer dejar el asunto, atrás. Separarnos de él. Y para separarnos, primero lo ponemos delante, como una tapia, como una barrera, como un obstáculo.
¡Pero no hay nada de eso!
Es una manera habitual de nombrar estas situaciones. Está admitida socialmente a la hora de concluir la realidad. Y probablemente es bien intencionado. Pero es añadir dificultades y problemas a las dificultades y problemas.
La clave está en identificar qué es lo que estábamos esperando de la realidad. Identificarlo y, una vez hecho, reajustar nuestros planes, nuestras expectativas, nuestros deseos. Es aceptar la realidad tal cual es y entonces, hacer lo que podamos con lo que tengamos para cambiar lo que sí se puede cambiar.





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